sábado, 5 de mayo de 2007

Subió el nivel, pero los «oles» fueron para Edu Lozano, que no concursaba

Subió el nivel, pero los «oles» fueron para Edu Lozano, que no concursaba


POR ALBERTO GARCÍA REYES http://www.abc.es
CÓRDOBA. La madrugada del lunes comenzó rindiendo a culto a lo que debe de ser un concurso. El joven cacereño Javier Conde, eterno niño prodigio del toque, reivindicó para la guitarra el valor de la interpretación. Al contrario de lo que ocurre con el cante, al toque de hoy se le exige siempre creatividad. Uno que toque «La Barrosa» de Paco de Lucía no tiene mérito. ¿Cómo que no? ¿Acaso no tiene mérito interpretar bien las Variaciones Goldberg de Bach? Ahí radica la importancia de lo que hizo Conde. Tocó clásicos de Gerardo Núñez, Sabicas y Serranito. Con absoluta perfección. Otra cosa es el plano artístico. Porque el muchacho se queda en la categoría de copista. Pero su apuesta hay que tenerla en cuenta. Como también hay que valorar el baile de la cordobesa Olga Pericet para el premio Pilar López, al que concurre en solitario; el de Juan Carlos Cardoso para el galardón El Güito; y, sobre todo, el de Marco Flores para el Carmen Amaya.
El resto de la madrugada deparó poco. José Anillo volvió al escenario con el mismo guitarrista para el Manolo Caracol. Su cante volvió a notarlo. Joaquín Garrido se empeñó en imitar hasta el exceso al maestro Fosforito. Jesús Corbacho salió indemne en el premio Cayetano Muriel. Y el Niño Seve se pasó de moderno en su toque. Está bien que se intente profundizar en la armonía, pero cada estilo está definido por unas características inquebrantables. Todo lo que se salga de ahí es posible que sea buena música, pero en ningún caso es flamenco.
Él fue precisamente quien abrió la primera sesión de ayer. Y ahí la cosa cambió. Optaba al premio Paco de Lucía a la mejor creación instrumental. Se la jugó por bulerías. Fue acaso un poco vicentero y una mijita agresivo. Pero se le entendió todo lo que tocaba. Qué menos. Síntoma de que estaba subiendo el nivel. Menos mal. Porque la primera sesión tuvo momentos indignos de un concurso nacional y de Córdoba. Domingo Herrerías, por seguiriyas, fue al menos correcto. Le faltaba tempo, darle a eso un poquito de ritmo. Cante demasiado masticado. Lentísimo. Y de la lentitud al tedio hay un milímetro. Eligió buenos estilos: el Viejo de la Isla, el Marruro y la cabal del Tuerto la Peña. Pero los estiró mucho. Ídem con la toná de espíritu mairenista o con la debla detenida. Y aún así, por lo menos estaba para concurso.
También afectó la subida de nivel al toque. Juan Manuel Muñoz El Tomate iba a por el de acompañamiento. Y tiene mucha pinta de llevárselo. Porque ahí había argumentos. Aunque la cantaora elegida se perdió en algunos tramos de la soleá, demostró que sabe esperarse cuando hace falta, que tiene paciencia para el silencio y que posee recursos para dar acordes de paso con peso. Tal vez en la variante apolá de Charamusco le tapó los graves al cante. Por poner una pega. Porque en la taranta de la Grabiela estuvo muy fino, ajustándose a las leyes del seguimiento, pero ofreciendo falsetas que, dentro del clasicismo armónico, tenían la medida y la profundidad necesarias. Él tuvo la culpa de lo mejor de la noche. Cuando salió para acompañar al baile.
Edu Lozano marcando la bulería según Lebrija. Romanceando. Magnífico bailaor. Cientos de contratiempos. Mil recursos rítmicos con todo el cuerpo. Remates con la muñeca, con la cadera, con lo que haga falta. Oles grandes desde el aforo. Justos. Y la guitarra, que era la que concursaba, recogiendo el piropo. No hay mejor señal de que el acompañamiento estaba donde tenía que estar. La gente veía bailar. Con eso basta. Pero también resiste el análisis. No tocaba de oficio. Compuso una música que casaba con la coreografía. Totem del arrope a la danza.
Decayó la cosa justo después, cuando el Churumbaque. El cantaor cordobés sacó adelante la cartagenera de Chacón y la clásica. Sólo eso. Demasiados problemas de afinación que se acrecentaron en la taranta linarense, sobre todo en un tercio en el que perdió contacto total con el tono. Pero no tardó mucho la cuestión en retomar el pulso correcto. Estefanía Cuevas lo trajo por tarantos. Se le nota a esta bailora su paso por la compañía de Eva Yerbabuena. Para bien. Salió haciendo estampa y luego derrochó cualidades técnicas y estéticas en un contrapeso perfecto de brazos y pies. El cantaor no la auxiliaba mucho, pero a ella le sobraba con ir a lo suyo. Aguantó con potencia el taranto hasta que se vió abocada a los tangos. Perdió fuelle en algún momento por el vacío coreográfico, mas exhibió una gama de detalles que invitan a tenerla en cuenta.
También tenía buenas hechuras el cantaor onubense Jesús Corbacho cuando se templó para el Pepe Marchena. Pero se desvaneció en su recital. Lástima. Cuadró bien a compás las guajiras habladas marcheneras. Afinado. Y dijo con gusto la milonga. Pero le faltó medio tono más de tesitura para conseguir darle tensión. Y tal vez debió recortar algún tercio. Quien mejor entendió eso fue Ezequiel Benítez. Ole al jerezano. Pura escuela de su tierra. Cantó por tientos sin aspavientos. Al grano.
Esqueleto del cante. Siempre en la cuerda floja de la afinación. Pero siempre sobre ella. ¿Dónde está su plus? En la interpretación. Dramatiza los cantes. Dice las letras. Estruja los versos. Y rítmicamente es otra cosa. Aguanta una frase y recorta la siguiente. Cuadra una estrofa entera en dos compases. Y eso que va pastueño. Otro posible premio.
Y vuelta al baile. La disciplina que le está sacando brillo al concurso. El arcense Marco Flores cerraba por alegrías para llevarse el Mario Maya. Le acompañó al toque Antonia Jiménez. Para que luego digan que no hay mujeres guitarristas. Flores elevó otra vez el nivel. Porque técnicamente es impoluto, sobre todo en lo que se refiere al compás. Pero además tiene picantez. Valga como ejemplo el remate final. Tres giros sobre el eje y paso con la derecha hacia las cajas. Con soniquete. Y con la muñeca diestra despreciando al personal. Sólo ese momento justifica todo el baile. Incluso todo el concurso.
RAFAEL CARMONA